EL MEJOR ALIADO DE LA NATURALEZA

Por Henri Lepage

La calidad del medo ambiente se ha convertido en una de las preocupaciones principales de nuestros contemporáneos. Hay cada vez más ciudadanos que se preocupan por las consecuencias que pueda tener la vida industrial moderna sobre el sistema de vida y sobre los grandes equilibrios ecológicos del planeta. Nuestra sociedad, y ello no se puede negar, muestra una gran sensibilidad por los problemas de la preservación de sus riquezas naturales. Sin embargo, no se puede deducir de esa mayor sensibilización actual que esos problemas sean hoy más graves de lo que hayan sido en el pasado, ni que nosotros seamos más inconsecuentes que nuestros antepasados en la gestión de los recursos naturales. Tomemos, por ejemplo, la contaminación. Es difícil que pase un verano sin que se nos cuente la historia del envenenamiento masivo de algún río. Difícilmente pasa una semana sin que se nos recuerde que el aire que respiramos, el agua que bebemos o en la que nos bañamos, contiene cada vez más sustancias y gérmenes peligrosos para nuestra salud. Desde la escuela se enseña a los niños que los valles, las montañas, los bosques, los pájaros, los peces. están amenazados de desaparición, y el propio hombre lo está de asfixia. Todo ello a causa de un sistema el capitalismo, el cual, según se nos repite constantemente, se despreocupa por completo del patrimonio natural y trata tan sólo de fomentar el libre juego de los egoísmos individuales. A nadie se le ocurre pensar que si todo eso fuera verdad, si realmente la contaminación alcanzase los niveles que difunde la propaganda ecológica, habría que llegar a la conclusión de que el estado de salud de la población de los países industriales se está degradando progresivamente. Pero la 2 realidad es que lo que se puede observar es lo contrario. La esperanza media de vida al nacer es el indicador estadístico más simple y más directo para medir la evolución de las condiciones sanitarias de la población. Pues bien, las cifras señalan no sólo que la esperanza de vida ha progresado enormemente desde comienzos del siglo menos de cincuenta años en 1900, más de setenta años hoy sino que, además, ha seguido aumentando a lo largo de los dos últimos decenios. Esta podría servir para demostrar que lejos de aumentar el grado de contaminación del que somos víctimas, tendría más bien tendencia a disminuir (o bien, que tendría un efecto positivo sobre la esperanza de vida..). El análisis de las causas de fallecimiento nos lleva a conclusiones idénticas. Cada vez morimos más de cáncer, de crisis cardíacas y de enfermedades del corazón; enfermedades todas ellas ligadas esencialmente a la vejez y que no tienen relación con nuestro medio natural. Hace un siglo todo era diferente: la mayoría de la gente moría de enfermedades infecciosas como la neumonía o la tuberculosis, directamente relacionadas con las condiciones de vida, a menudo desastrosas, de la mayoría de la población. Al habernos habituado al confort, nos hemos olvidado de las cloacas que, en otros tiempos, eran nuestras ciudades. Aún cuando la contaminación de los automóviles de las ciudades modernas no sea nada agradable, tenemos cierta tendencia a idealizar las condiciones de vida y de trabajo de nuestros antepasados y las que siguen teniendo en la actualidad cerca de tres mil millones de hombres en el Tercer Mundo. He aquí el resumen que en el libro EL ULTIMO RECURSO hace el autor americano Julian Simon, en su notable refutación, del neomalthusianismo del Club de Roma: «Es cierto que el riesgo de que un avión caiga sobre nuestras cabezas es, en la actualidad, infinitamente mayor que hace cien años. Es cierto que el peligro de envenenamiento por sustancias químicas artificiales es, en la actualidad, infinitamente mayor que hace mil años. Pero de esto no podemos sacar la conclusión de que el mundo está hoy más contaminado de lo que lo estaba antes del nacimiento de la aviación o antes de que las industrias comenzaran a introducir sustancias artificiales en nuestros alimentos». Los casos del Torrey, Canyon, Seveso, Three Mile Island, Bhopal…, las grandes catástrofes ecológicas hacen las delicias de los medios de 3 comunicación, que no se preocupan de contarnos lo que ocurre en sentido inverso. ¿Quién sabe, por ejemplo, que en la actualidad se pueden encontrar en el Támesis más de cuarenta especies de peces que habían prácticamente desaparecido desde hace casi un siglo. ¿Quién sabe que, en el mismo Londres, se ven reaparecer pájaros y variedades de plantas de las que no se había oído hablar desde hacía mucho tiempo? O incluso que el famoso fog no es en absoluto lo que era hace veinte años. Mientras que en 1958 la visibilidad media de Londres, un día de invierno era tan sólo de 1.5 millas, en la actualidad es de casi… ¡4 millas! Y en la misma línea, ¿quién sabe que existen lagos que se creían perdidos para siempre, como el lago de Annecy en Francia. y ciertos grandes lagos americanos, como el lago Michigan, o incluso el lago Washington en la región de Seattle, y que se han convertido actualmente en auténticos paraísos de la pesca? Es cierto que han aparecido nuevas fuentes de contaminación: riesgos del petróleo, residuos nucleares…; que otros tienen tendencia a agravarse (contaminación urbana y automovilística, molestias relacionadas con el ruido…). Pero, globalmente, no hay ninguna razón que permita afirmar que la calidad de nuestro entorno sea peor que en cualquier momento anterior, ni siquiera que se deteriore continuamente. Toda afirmación contraria, por respetable que sea, no es más que el producto de un juicio subjetivo que traduce más la sensibilidad del que la sostiene que de una verdad científica indiscutible. Tomemos otro ejemplo: la protección de las especies animales. Los ambientalistas protestan por el destrozo. Para ellos, la sociedad preindustrial era un paraíso de equilibrio entre el hombre y su medio natural. La sociedad moderna sería, por el contrario, el escenario de una lucha despiadada por la supervivencia que condena a muerte a todas las especies que no tienen utilidad para el sistema industrial. En un artículo con un título provocativo: «Privatizing the Environment», Robert J. Smith ha denunciado el carácter angélico de tal visión. Es cierto, reconoce, que la desaparición de especies, provocada por la acción de los hombres, se ha acelerado desde la Revolución Industrial. Pero, añade, nos olvidamos, con facilidad, de los millones de especies que han desaparecido en el pasado, sin que podamos hacer responsables de ello a los males de la civilización. Nos olvidamos también, observa, «de que, con frecuencia, las sociedades anteriores a nuestra civilización no eran menos brutales, ni menos imprevisoras que el hombre de hoy, en la forma de explotar los 4 recursos naturales de su entorno». Y Smith cita el ejemplo de las grandes cacerías de los indios norteamericanos, que producían verdaderos holocaustos de rebaños de bisontes, conducidos a fuego a despeñarse al pie de los acantilados, sin que las necesidades alimenticias de los indios justificasen tal acción. Finalmente, no olvidemos todas las especies, domésticas o no, que en la actualidad sobreviven e incluso prosperan gracias a los medios y a las necesidades de la civilización industrial. «La cuestión, (concluye Robert J. Smith), no es lamentarse de las especies que han desaparecido o que están amenazadas de extinción, sino interrogarse acerca de las razones por las que ciertas poblaciones de animales están desapareciendo mientras que otras son, en la actualidad, más numerosas de lo que lo fueron nunca». Lo que nos lleva a la cuestión de los derechos de propiedad. ¿Es cierto que la degradación del medio ambiente es un producto inevitable de una economía capitalista que se basa en el beneficio y en la propiedad? ¿Lleva necesariamente el capitalismo al despilfarro de los recursos naturales? La verdad es lo contrario: Sólo se dan problemas de degradación del entorno donde no hay propiedad, en donde las estructuras de la propiedad están insuficientemente definidas o en donde los derechos de propiedad existentes no son suficientemente respetados o protegidos. Consideremos, por ejemplo, la sobre-explotación de los recursos marítimos. Los mares se agotan; cada vez hay menos peces para pescar; las flotas se ven obligadas a ir cada vez más lejos para encontrar pesca. Y se plantean una multitud de conflictos en los que se mezcla también la política. ¿De quién es la culpa? Del desarrollo de las flotas industriales, se nos dice; de la «competencia salvaje» que impone una carrera sin límites para una mayor rentabilidad, con barcos cada vez más grandes y técnicas de pesca cada vez más sofisticadas. Esto es verdad. Pero hay que profundizar más. La verdadera razón del agotamiento de los mares hay que encontrarla fundamentalmente en el hecho de que el mar es un bien «gratis», una propiedad típicamente colectiva. En tal sistema, si yo soy un hombre prudente, si limito voluntariamente mis capturas para no agravar la sobre-explotación del medio marino, no tengo ninguna garantía de que los demás van a hacer lo mismo. Trataré, por ello, de hacer todo lo que pueda para pescar lo más posible, con el fin de evitar que lo que yo no pueda capturar lo capturen los demás en mi lugar. Al perseguir cada uno su propio interés está contribuyendo, en 5 detrimento de todos, al agotamiento del recurso que todos desean. Pero las cosas suceden así porque este sector se caracteriza por la ausencia de un derecho de apropiación exclusiva. Esta lógica se aplica a todos los bienes a los que tenemos acceso gratuito, ya se trate del aire que respiramos, de los ríos en los que nos bañamos, de los bosques y de las montañas en los que nos paseamos, de los caracoles o de las setas que recogemos, o incluso de los paisajes que disfrutamos sin preocuparnos de los papeles que tiramos en ellos. Pero cuando aparece un principio de apropiación exclusiva, las cosas son muy diferentes. El abandono del mantenimiento que se requiere para la conservación de los recursos entraña un coste económico: el sacrificio de los frutos de los que hubiera podido gozar mañana, pero de los que puede privarme mi imprevisión de hoy. Como consecuencia de ello, no es que todos los bienes vayan a ser necesariamente administrados de forma óptima, pero sí que a través del sistema de propiedad privada se van a crear unos lazos muy directos entre la motivación del propietario para garantizar el mantenimiento de su patrimonio y los beneficios que podrá obtener el conjunto de la colectividad de los usuarios con la conservación de ese recurso. Tomemos otro ejemplo: el de la desertización que azota a numerosas regiones del planeta, especialmente al Sahel africano. Se sostiene, con frecuencia, que este fenómeno se debe a cambios climáticos contra los que nada se puede hacer. Pero, también en este caso, la verdad es muy diferente. Los especialistas reconocen que la desertización está generalmente relacionada con una sobre-explotación del suelo por prácticas ganaderas inapropiadas, o hábitos de utilización abusiva de los bosques que arruinan el equilibrio ecológico del medio natural. ¿Pero, por qué se realizan tales prácticas? Se trata frecuentemente de regiones de economía tribal, de poblaciones no sedentarias, en las que la tierra y sus recursos son considerados y tratados como un «bien colectivo». En tal sistema, los que van a buscar leña no tienen razón alguna para preocuparse de no cortar más ramas de las que necesitan realmente para cubrir sus necesidades inmediatas. Se corta, sin más, el arbusto y se retira, ya que si no, no hay ninguna garantía de que otro no lo hará. Dicho de otro modo, no se ve ninguna razón por la que nadie se hubiese de preocupar de plantar nuevos arbustos, de mantener los existentes, o incluso de desarrollar sistemas de irrigación, ya que invertir en este tipo de actividad sólo conduce a 6 mantener y mejorar un recurso del que otros podrán libremente aprovecharse o simplemente estropear. Hace algunos años los expertos de la NASA estaban intrigados por una fotografía del desierto tomada por uno de sus satélites. En medio de la enorme mancha marrón de las arenas estériles distinguían una sorprendente mancha verde. ¿De qué se podría tratar? Una visita al terreno les dio la respuesta: alrededor de la mancha verde había un simple… alambre espigado. Incluso en medio del desierto, una simple barrera, símbolo de la propiedad, bastaba para hacer renacer la vida. Terminemos por un tercer ejemplo, el de la caza y los ríos. En Europa la caza pertenece al propietario del terreno, aún cuando el derecho de caza se organice colectivamente en el marco de asociaciones privadas sometidas a ciertas regulaciones públicas. En Inglaterra este principio de propiedad privada de los recursos del medio natural se aplica al agua. Los ríos son propiedad de los ribereños reunidos en asociaciones beneficiarias no sólo de los derechos de pesca, sino igualmente del uso del agua. En los Estados Unidos, por el contrario, la pesca y la caza son actividades totalmente libres. Como reacción contra las prácticas del derecho feudal, que juzgaban contrarias a su ideal democrático, los americanos, desde el comienzo de la colonización, optaron por una política del libre acceso, disociando el derecho de caza del derecho de propiedad salvo cuando se trata, evidentemente, de terrenos cercados. ¿Cuál ha sido el resultado? En Estados Unidos, los ambientalistas son los primeros en reconocer que sus ríos están, generalmente, más contaminados que los ríos europeos, aún cuando el estado de éstos tampoco sea tan satisfactorio como sería de desear. De la misma forma, excepto en las zonas protegidas como los parques nacionales o los grandes espacios del Oeste, el estado de agotamiento de la fauna parece estar mucho más avanzado que en nuestras regiones de la vieja civilización. Este ejemplo, como los precedentes, nos demuestra que el factor de protección más importante de los recursos naturales, ya se trate de la fauna o de la flora, es su separación de cualquier sistema de apropiación colectiva. Las especies que desaparecen son aquellas sobre las que no hay ningún derecho específico de propiedad que las proteja. Las que sobreviven y prosperan se encuentran, por el contrario, de una forma u otra, comprendidas en una esfera de derechos individuales y exclusivos, beneficiándose, con ello, de la tendencia natural de los seres humanos a buscar su propio interés ya 7 responda éste a motivos esencialmente mercantiles (como los animales de reproducción) o a razones más nobles de defensa de la naturaleza. Un buen ejemplo es el de las tortugas marinas del Caribe. Esta especie es muy codiciada tanto por su carne como por su concha de carey. Estas tortugas salvajes eran extremadamente abundantes hace sólo dos siglos. Actualmente están en vías de desaparición. Hace algunos años un empresario inglés instaló un cultivo marino especializado en la reproducción de estas tortugas en una de las islas Caymán. Su mercado más importante: Los Estados Unidos. Las grandes asociaciones ecologistas de defensa de la naturaleza se han sentido enormemente preocupadas por el hecho de que se pueda ganar dinero explotando animales inofensivos. Resultado: se inició una gran campaña nacional para que el Presidente Carter prohibiera las importaciones de los productos de carey. La campaña dio sus frutos. La prohibición se consiguió en nombre de la defensa de la naturaleza y contra su explotación comercial Consecuencia, como la demanda no ha desaparecido, el mercado americano se abastece en la actualidad de contrabando ilegal de las tortugas abatidas fraudulentamente en las playas del Caribe. Al empresario se le llevó a la quiebra, haciendo caso omiso del hecho que sus tortugas ya no eran silvestres y que su esfuerzo protector lanzaba de vuelta al mar cientos de miles de tortugas vivas que bajo su protección habían sobrevivido. De nuevo esta especie está en peligro de desaparición. He aquí a lo que ha conducido el celo «anticapitalista» de los ecologistas. Al contrario de lo que generalmente se mantiene, la solución de los problemas de la degradación del entorno, de la destrucción de los animales salvajes, ha de pasar por una extensión de los procedimientos de apropiación privada en todas aquellas partes en las que sea técnicamente posible. Paradójicamente, la propiedad es el mejor aliado de los amigos de la naturaleza.

 

Tomado de: http://www.cees.org.gt [Centro de Estudios Económico-Sociales de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala]

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